Las noches generalmente son
largas sobre todo cuando te encuentras deprimido, por aquellos días las cosas
eran mas tranquilas, las personas no se conocía entre si, todo caminaba lento; las
relaciones, el trabajo, los amigos, incluso el día. No recuerdo días más raros
que aquellos donde se veían tantos peces en los mares negros y tanto pescador
queriendo sacarlos.
Desde pequeña había
escuchado historias acerca del encantamiento de las sirenas y el poder que
tienen sus cantos sobre los humanos, de lo peligroso que es llevar mujeres a la
mar porque las sirenas te podían matar con su furia.
Yo siempre tuve mucho
respeto de ir en las barcas con los pescadores porque mi abuelo un día no dio
paso mas halla de la cama y quedó como dormido, quieto, como hechizado, mi
abuela dice que escuchó el canto de una sirena y que seria ya muy difícil
sacarlo de su mente.
Yo siempre tuve miedo de
toparme con una sirena por eso nunca salí a la mar por eso y porque soy niña,
aunque eso no importaba porque las sirenas solo se irritaban cuando las mujeres
ya grandes subían a las barcas con los pescadores, y entre mis amigos me veían
extraño porque eso de no hacer las cosas por miedo era solo de niñas, -el miedo
es para los cobardes que lloran a escondidas-, -vamos a jalarle la cola a las
sirenas aunque nos hagan de piedra-. Le hubieran dicho eso a mi amigo Roberto
piedra y probablemente otro canto tendría.
En mi casa mi madre nos
enseño a respetar a todo mundo aunque tuvieran escamas, y mis hermanos y yo
crecimos sin pisar un muelle, estudiamos mucho y nos hicimos de un oficio que
nos anclara más al pueblo y menos a la mar.
Eran raras las noches que
recordara algo de la infancia, del muelle, de los amigos, de las leyendas, de
Roberto, ya nada me hablaba de aquellos tiempos... Hasta hoy.
Las noches son largas y mucho
mas cuando estas deprimido este día o mas bien esta noche recordé mi infancia,
recordé algo que no había recordado cuando estoy acompañada, escuché a mi mente narrarme la noche en que mi tío nos contó
la historia de las sirenas que habían aprendido a salir del mar; sedientas de
amor habían aprendido a dejar sus cantos en las aguas cambiándolos por palabras y sus
escamas por largas piernas, ahora recordaba eso porque era muy difícil
encontrar a una de esas, las mujeres las
odiaban y los hombres les temían, decía mi tío que mirarlas a los ojos te hacia
cometer las peores locuras, que sus cantos convertidos en palabra envenenaban
el alma como mordida de serpiente.
Hoy no estoy deprimida, pero
recordé la noche en que si lo estuve; fue ese momento en que llegas a una francachela,
todos levantando tarros y brindando, todos juntos, pero todos sin conocerse. Ese
día supe que las historias de mi tío era cierta, recordé como me había contado
que las sirenas echas mujer les gusta pelear con las mujeres, acecharles. Y que
la forma de saber si una mujer no era sirena era tocándole por detrás de la
oreja, -decía que era el único lugar donde tres escamas no se les quitaban
nunca, recordándoles de donde venían-, también recordé la advertencia que me
hizo en aquel momento, que después, pude comprobar; me había dicho que eran la
mayor distracción de la vida y que el toparte con una de ellas aunque no lo
supieras te torcía el destino. Fue esa noche esa justa noche en la que caminaba
por la ciudad en la que me deprimí; ahora sabía que una sirena había torcido el
camino y que esta noche después de casi cinco años me había dado cuenta que era
tiempo de enderezar mi destino.